El Montcau – ya hemos hecho un mil!

Hacer montaña no es difícil, lo que cuesta un poco es encontrar una zona de montaña suficientemente popular y que al mismo tiempo pueda dar imágenes aptas para redes, y es que no debemos olvidar que en tiempos de pandemia y sin actos públicos, las redes han adquirido una importancia vital, pero al mismo tiempo no debemos de perder el contacto humano directo. En definitiva, este fue un motivo de creación del retroexcursionismo (#retroexcursionisme)
Como sabéis, llevábamos tiempo pisando Collserola, y para no correr el riesgo de agotarla, cambiamos a Sant Llorenç de Munt, macizo con rutas bastante populares, que nos permiten llegar a la gente al mismo tiempo que subimos la apuesta de montaña, siendo nuestro primer objetivo el Montcau, de 1056 metros de altura, y teniendo como objetivo secundario la Cova Simanya.

El punto de partida fue el centro de información del parque natural situado en Coll d’Estenalles, de donde sale una pista cómoda y ancha que permite una circulación sanitariamente segura en los tiempos que corren, y que nos llevará sin ningún tipo de dificultad a un encinar situado en Coll d’Eres, bifurcación a tres destinos, siendo el Montcau uno de ellos, concretamente el que gira a vuestra izquierda. La cima del Montcau destaca por su forma redondeada desde muy lejos, el camino empieza a subir muy temprano y la pendiente va siendo más fuerte, pero en ningún momento insalvable para alguien con un mínimo estado de forma.

Quizá la única dificultad sea el tramo final, a causa de la propia naturaleza del terreno rocoso de la montaña. Ya coronada la cima, tendremos unas vistas privilegiadas, que nos permitirán contemplar des las primeras nieves del Pirineo hasta los perfiles que marca la costa mediterránea. Este panorama de por sí solo ya representa un premio a una subida que, sin ser excesivamente dificultosa, ya podría ser el final de una salida matinal.

Pero este no es el caso, tratáis con dos elementos que intentan experimentar con los equipos al tiempo que pisan país, y como el primer objetivo había sido cubierto en menos tiempo del que habíamos calculado… atacamos el segundo, la Cova Simanya. Saliendo de nuevo del encinar, pero siguiendo el único camino que desciendo de los tres que se encuentran, vamos haciendo descenso entre encinas, siguiendo una torrentera con señales que el agua había bajado fuerte pocas horas antes; es difícil perder-se y salir del camino, si vamos siguiendo los pilones indicativos.

Perder-se no, pero desorientar-se si, y por culpa nuestra de no haber revisado el mapa que llevábamos, y es que en cierto punto del camino, y ya a la vista del lugar llamado El Marquet de les Roques, extrañados de no haber encontrado la cueva todavía, decidimos comprobar la dirección, descubriendo que, si bien no nos habíamos equivocado de camino, si que habíamos pasado por alto un sendero y nos encontrábamos en el Collet de Llor, al pie de unas crestas rocosas de gran belleza, que a pesar de no ser el objetivo, tampoco desmerece ir allí expresamente (o por equivocación…). No nos quedó otro remedio que tirar atrás sobre nuestros pasos, en un terreno que, y perdonad la referencia cinematográfica, recuerda a ciertas escenas de la película El Ultimo Mohicano. Y si pensáis que somos unos exagerados…al menos permitidos esta licencia romántica.

La gestión es que al final sí que encontramos la cueva, en un tipo de economía colaborativa con otros excursionistas que nos íbamos cruzando, y que más tarde reencontraríamos.
La de Simanya es una cueva de grandes dimensiones, de hasta 372 metros de recorrido mientras se retuerce por las entrañas de la montaña, y que, a juzgar por los rastros de una excavación arqueológica reciente, había sido ocupada por humanos en algún momento. No hemos podido encontrar información sobre estas tareas de investigación, quizá no finalizadas.

Obviamente, con un recorrido de cueva de este tipo, hace falta linterna, y como nosotros somos así, llevábamos una vieja linterna de esas cuadradas que seguro más de uno ha utilizado, ya sabéis, esas de forma rectangular y de pila de petaca, que emiten una luz amarillenta y apagada.

Es en estas experiencias que te das cuenta como ha evolucionado la tecnología, a mejor, en este caso de manera muy evidente. Y es que a Oriol se le escapó un «¡Y con esto entrabamos a todos lados…y tan felices!» cosa que te hace apreciar las mejoras que han supuesto las modernas linternas de leds que utilizamos actualmente.

Siguiendo en su linea de excursionista «vintage», Dani en esta ocasión escogió otra apariencia clásica de los años 30, de la que destacan los «pantalones de golf» – «plus fours», o «más cuatro», en lengua inglesa. Este tipo de pantalones van atados por debajo de la rodilla con una hebilla, de manera que los bajos caen por encima, formando bolsa. Es este vuelo el que explica la denominación original; «four» es, en teoría, el número de pulgadas que tiene que «sobrar» en los bajos para formar esa bolsa debajo de la rodilla, que es el que caracteriza este estilo. Los «plus fours», anchos y cómodos, son pantalones adecuados para actividades «sport» o de campo, y suelen asociar-se con actividades dinámicas en general – no seria por casualidad que el dibujante Hergé eligió esta vestimenta para el intrépido aventurero Tintin.

La chaqueta es también de un estilo dirigido al ocio, no por casualidad este tipo de piezas se encontraban con denominaciones como «chaqueta de ciclista» o «de esquí», entre otras, que dan una idea del tipo de persona para quien estaban pensadas. Confeccionada con un algodón del tipo utilizado para gabardinas, resistente a la lluvia, y cortaviento, es una buena elección para el otoño, o hasta para el invierno encima de un jersey. Son este tipo de chaquetas «sport» las que inspiraron los diseños más modernos de uniforme de los ejércitos de los años 30.
Nuevamente, los complementos acaban de perfilar la imagen vintage, con una gorra con vuelo de buen diámetro, y una corbata informal, de punto. Los zapatos bicolor también evocan otros tiempos – en este caso, son de construcción mixta, de cuero y lona, muy apropiados para el campo.

Respeto a la segunda apariencia del día, se optó por una cosa más propia, la uniformidad del Regiment Pirinenc, ultima unidad militar a la ordenes de la Generalitat de Catalunya, creada los primeros tiempos de guerra civil española para intentar compensar la predominancia de las milicias en el aparato militar. Aunque fue disuelto al mismo tiempo que ellas para tenerse que integrar en la estructura del ejercito popular de la república.

Veremos un uniforme que huye de la loneta habitual en el ejercito español, para entrar en la pana, más resistente y cálida cara a ambientes de montaña. Las polainas aportan protección tanto en matorral como la nieve; al estar tejidas en lana rechazan en gran medida la humedad, cosa de lo más útil cara al entorno montañoso del Alto Aragón donde, mayoritariamente, estuvieron destinados los soldados del Pirinenc.

En el gorrillo, resalta la insignia del regimiento: una flor de nieve, muy indicativa de la especialidad del regimiento.

También se dice que eran una unidad más bien equipada que muchas otras, circunstancia esta ilustrada por una mochila de alta montaña y de gran capacidad. Falta de la equipación el armamento y los efectos relacionados, como pueden ser las cartucheras, por razones obvias, y los arreos de alta montaña como raquetas o piolets, por no corresponderse con las necesidades de esta salida. No así un buen cayado, como ayuda para andar, imprescindible en rutas por un país montañoso como el nuestro.

Oriol Miró Serra – Daniel Alfonsea Romero

16 d’octubre de 2020

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